La
desconfianza que expresé el viernes por el resultado de la cumbre se une a los miles de noticas, columnas y post que han analizado lo ocurrido en Copenhague. La
decepción por el paupérrimo acuerdo alcanzado -en la práctica una mera declaración de intenciones- se solapa hoy con las declaraciones de los representantes políticos
pasándose de unos a otros la patata caliente del fracaso. De lo publicado por los medios españoles analizando lo ocurrido, hay dos artículos que me gustaría citar, ambos del diario
El País. El primero de ellos es
la crónica que realiza Antonio Caño que da una clara imagen del modo en que el acuerdo fue adoptado. El contenido de un acuerdo es importante, pero las formas, cuando estas están cargadas de significado, también, y reflejo de ello Lluís Bassets hace notar en
su columna:
"Todo lo que se ha acordado en Copenhague en la conferencia sobre el cambio climático ha sido obra del acuerdo bilateral entre Washington y Pekín, el nuevo directorio del planeta, formado por las dos mayores potencias contaminantes. No es extraño que la resolución haya sido recibido de uñas por casi todos, aunque finalmente el pleno de la conferencia adoptara resignadamente el acuerdo sin votarlo bajo la burocrática forma de tomar nota. Más que en cualquier otra reunión internacional se ha visto esta vez quien corta de verdad el bacalao en el mundo."
Cabe plantearse si el multilateralismo tan proclamado este último año, con la llegada de Obama a la Casa Blanca y el Nobel que se le ha
concedido, no es en realidad sino un multilateralismo relativo.
Multilateralismo porque había más países presentes en aquella reunión a puerta cerrada,
relativo porque sólo estaban un pocos -y
ni siquiera quienes han
liderado la lucha contra el cambio climático-,
relativo porque quien realmente ha tomado la decisión han sido dos Estados: ¿camino de una
bipolaridad encubierta?
Obama y Hu Jintao en una cena de estado durante la visita de Obama a Beijing el 17 de noviembre. Fotografía: Official White House Photo by Pete Souza