(Casi) abogado y periodista interesado en temas internacionales y de Unión Europea.
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Blog sobre política internacional
El discurso que el Ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radek Sikorski, dio ayer en Berlín ha levantado un intenso revuelo entre otras cosas por la declaración de "Temo el poder alemán menos que lo que estoy empezando a temer la inactividad alemana.".
Con los tiempos de crisis que corren en Europa hace tiempo que no escucho un discurso tan europeísta pero realista, apasionado pero racional, justificado y motivador a la vez. Creo que está llamado a convertirse, con el tiempo, en uno discurso "histórico" de la Unión Europea si esta decide continuar por el camino de la integración. Texto original del discurso en inglés.
No he podido encontrar una versión española así que me he animado a traducirla para que esté a disposición de todos aquellos que no dominan el idioma de Shakespeare. No soy un traductor profesional así que en el texto puede haberse colado alguna errata -duendes del teclado-.
Polonia y el futuro de la Unión Europea
Radek Sikorski, Ministro de Relaciones Exteriores de Polonia
Berlín, 28 de noviembre 2011
Traducción por Sergio Montijano Cabeza (29.11.11) – www.sergiomontijano.com
Libre reproducción de la traducción siempre y cuando se cite al traductor
Señor Presidente, Ministro – querido Guido, señoras y señores,
Permítanme comenzar con una historia.
Hace 20 años, en 1991, yo era un reportero, visitando lo que entonces era la República Federal de Yugoslavia. Estaba entrevistando al presidente del Banco Republicano de Croacia cuando recibió una llamada telefónica con una oscura noticia. A saber, el Parlamento de otra república de Yugoslavia, Serbia, acababa de votar a favor de imprimir cantidades no autorizadas de Dinares, la moneda común.
Colgando el teléfono el teléfono el banquero dijo: "Este es el fin de Yugoslavia." Estaba en lo cierto. Yugoslavia se derrumbó. Lo mismo hizo la “zona Dinar”. Sabemos lo que siguió. Cuestiones de dinero pueden ser temas de guerra y paz, la vida y la muerte de las federaciones.
Ayer Bélgica recogió de España el relevo de la Presidencia del Consejo de la Unión Europea, la más importante de las instituciones comunitarias. Una Presidencia descafeinada, que deja pocos avances significativos por mucho que el Gobierno se empeñe en decir lo contrario. Aún con las posibilidades que ofrece la entrada en vigor hace unos meses del Tratado de Lisboa, una suerte de refrito aligerado de la non-nata Constitución Europea, la Unión sigue envuelta en una crisis política e institucional durante unos meses en los que la economía parece ser la única protagonista.
En la primera década del siglo XXI hemos visto (re)emerger política, económica y militarmente a un grupo de países entre los que están los llamados BRIC (Brasil, Rusia, India y China) pero también otros como Sudáfrica, Turquía, México o Indonesia. Con sus más y menos problemas, estos países son “jóvenes promesas” en un mundo globalizado en el que las fronteras comerciales, económicas e incluso culturales se difuminan.
Un mundo distinto y una Europa distinta
Quedan muy lejos aquellos años en que Europa podía considerarse como el “motor” del mundo. Dos guerras mundiales trituraron un tejido industrial, económico y social que sólo se pudo recuperar gracias, en parte, a la ayuda norteamericana, que a cambio se aseguró un grupo de aliados comerciales y estratégicos para la batalla ideológica entre capitalismo y comunismo que se vino a llamar Guerra Fría. Naciones Unidas, cuyos miembros permanentes de su Consejo de Seguridad son en 3/5 partes europeos (considerando Rusia como tal), ofrecía esperanza para un mundo envuelto en el furor de la descolonización, un paso trascendental para acabar –al menos de forma estatal y directa- con la explotación e imposición de unos sobre otros. No obstante la historia se desarrollaría de una forma tristemente trágica en algunos de los nuevos países, fruto en parte de una política de descolonización por los antiguos imperios europeos que parecía basada en trazar las nuevas fronteras con tiralíneas. En Europa surgía a mediados de siglo el Consejo de Europa, una organización internacional que sentaría precedente en la consolidación de la democracia, la abolición de la pena de muerte y el Estado de Derecho. La parte oriental del viejo continente, al igual que la mayoría del bloque soviético se sumergía en un largo letargo invernal del que sólo despertaría tras la implosión de la Unión Soviética. Estados Unidos se había convertido en el motor mundial de la economía y árbitro socio-cultural (y militar) del “mundo libre” aún cuando se enfangaba en conflictos como el de Vietnam que tantos paralelismos algunos dicen encontrar en la actualidad con Irak o Afganistán. América Central y Sudamérica se adentraban en las penumbras de regímenes dictatoriales, algunos de ellos alentados por un EEUU temeroso de ver aparecer en su patio trasero unos rivales en sintonía con el Kremlin. África, al igual que algunas partes de Asia, seguía siendo el continente olvidado salvo para las matanzas, las hambrunas y los cálculos geopolíticos de las dos superpotencias (que a menudo implicaban las dos anteriores).
La historia de un experimento exitoso:
Las Comunidades Europeas nacieron a finales de siglo como una suerte de experimento de derecho internacional destinado a hacer de Alemania y Francia tan interdependientes que otra guerra entre ellos fuera técnicamente (casi) imposible. El sistema evolucionó; gradualmente los países europeos de Europa Occidental, del Norte y del Sur entraron a formar parte de aquel producto de hacer las cosas a pequeños [pero constantes] pasos. El proceso de integración europea fue rápido en los primeros años. Pronto sin embargo entraría en una dinámica de crisis institucional y política a la par que avances que parece condenada a repetir una y otra vez. El saldo de aquellas tensiones entre europeísmo – nacionalismo, apuestas por el futuro y viejas heridas fue, no obstante positivo. Quizás algunos proyectos no consiguieran cuajar en una unión aún poco madura pero sentaron el precedente y la intención que haría que, unos años después fueran retomados exitosamente.
Una Unión poco madura
Unos meses antes de que España celebrara la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona '92 fue firmado en Maastricht (Holanda), el Tratado de la Unión Europea. Las Comunidades sobrepasaban sus objetivos meramente económicos y definían, bajo el paraguas formal de una Unión, unos objetivos también de carácter político. Alemanes, franceses, españoles o británicos eran ahora, además de nacionales de sus respectivos Estados, ciudadanos de la Unión Europea. Una misma Unión que desafiando la mecánica de la historia desde la Antigüedad, no se había construido por las armas enarboladas del imperialismo de uno u otro país, sino por el interés común y la decisión propia de cada uno de sus miembros. Cabe sin embargo preguntarse cuanto de aquella Unión había de real. Negociaciones y acuerdos en pasillos enmoquetados de las instituciones comunitarias no necesariamente significaban que los miembros de la UE, que sus ciudadanos y sus políticos, tomaran verdadera conciencia de tener un destino común. La guerra, que parecía haber sido erradicada de Europa, sobretodo tras ver como se diluía el fantasma de una guerra nuclear, apareció en los Balcanes. Además lo hizo tomando unos caracteres de crueldad e inhumanidad que se creían haber dejado atrás en la Segunda Guerra Mundial. Gigante con pies de barro, ni la Unión Europea, ni sus miembros ni ninguno de los actores regionales, tuvieron capacidad o intención de tomar cartas en el asunto para terminar con aquello. Al final fue la OTAN, comandada por Estados Unidos, la que intervino aunque, como algunos autores señalan, quizás no sin cierto interés estratégico en hacerlo (darle sentido a aquella organización militar ahora que la Federación Rusa ya no era el oso soviético).
Nuevo siglo entre avances y fracasos
Cambio de siglo y cambio de paradigma. Paralelamente a que en Nueva York dos aviones secuestrados hacían y determinaban el rumbo de la Historia al ser estrellados contra el World Trade Center, a Europa llegaba, y esta vez exitosamente, una de las metas más importantes y significativas a la par que difíciles; una moneda única, el euro, para algunos de los Estados Miembros. Estados Unidos se preparaba para entrar en guerra con Irak aludiendo la existencia de armas de destrucción masiva, que nunca aparecieron (aunque algunos sigan manteniendo que existieron), y su petición de apoyo a los socios europeos divide al continente. En marzo de 2003, George W. Bush, Tony Blair, José María Aznar y José Manuel Durão Barroso se reunieron en las Azores para dar un ultimátum a Saddam Hussein. A ellos se unirían Italia, Polonia, Dinamarca, Australia y Hungría entre otros. Dos de los más importantes socios europeos, Francia y Alemania, se oponen frontalmente a la invasión de Irak. Lo hace también gran parte de la opinión pública, incluso de los países que intervinieron con Estados Unidos. Aquella fractura política entre los miembros de la Unión lastraría el entendimiento muchas cuestiones que llegan a la actualidad, especialmente en aquellas de de política exterior. Pese a ello la Unión dio el siguiente gran paso. En 2004, una decena de países de Europa central y del Este entraron de golpe a formar parte de la Unión, a los que se añadieron dos más en 2007, sumando así 27 miembros. Un reto enorme aunque bien planificado que parece dar buenos resultados a pesar de que los resultados de la última ampliación despiertan muchas críticas. Paralelamente se aprobaba en octubre 2004 la "Constitución Europea". Un tratado único para refundir todos los anteriores y ampliar, de manera significativa el significado y el margen de maniobra de la Unión. Crónica de un naufragio anunciado por los euroescépticos, los resultados negativos de los referéndum francés y holandés darían al traste con aquel Tratado que nunca entraría en vigor, dejando tras de sí una Unión seriamente tocada pero no hundida. Eliminando la simbología de la Unión y algunos disposiciones controvertidas, el Tratado de Lisboa retomó el testigo de la difunta Constitución. Su ratificación, necesaria para la entrada en vigor, fue cuanto menos tortuosa. La negativa inicial por los ciudadanos de Irlanda, el único Estado Miembro sometió a referéndum el texto, casi lo envía al mismo lugar que el tratado constitucional. Superado aquel escollo tras un nuevo intento, las dificultades ahora venían de la mano de los Presidentes de Polonia y República Checa, que requirieron la modificación de algunos aspectos del Tratado. Finalmente y en pleno embate de crisis económica, el Tratado de Lisboa entró en vigor (1 de diciembre de 2009).
Tomar unos datos o relaciones y hacer con ellos infografías que sean esquemáticas, atractivas y prácticas ha despertado desde siempre mi curiosidad. Existen varios blogs que se dedican a este tema, entre los más conocidos cito a Information is Beautiful, Datablog y algunos servicios como Gapminder.
En ocasiones puede ser un poco confuso recordar que países son miembros de una organización o foro internacional. La pertenencia al G-8 o el G-20 tiene una connotación política que va más allá de ser una herramienta de cooperación o coordinación internacional, mostrando, en cierta medida, la influencia y relaciones entre Estados.
Leyendo un interesante artículo de The Economist encontré un gráfico que muestra de forma bastante ilustrativa las principales organizaciones de las que son miembros los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y como se solapan unas con otras.
Me recordó a un esquema que tenía guardado desde hace tiempo sobre las más importantes organizaciones internacionales en Europa y que aclara un poco el popurrí existente:
Autor: Parlamento de CanadáRespecto a las instituciones financieras y económicas internacionales, Kasinomics -un blog de un estudiante de economía de Cambridge- señala un par de gráficos que me parecen bastante aclaratorios:
Autor: Karsten Wenzlaff
Haz click en cualquiera de las imágenes para ampliarla.
Actualización: Quizás no quede claro en el último gráfico:
G5: Estados Unidos, Alemania, Japon, Francia y Reino Unido
G7: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido